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Tortas de Cumpleaños

Hace ya un par de años que es habitual que las tortas de los cumpleaños de la familia sean aptas para los sauritos: sobre la misma torta se canta el cumpleaños feliz, se soplan las velitas y se comparte.

La primera en hacer ese gesto fue mi mamá, era una torta que por sobre todo tenía mucho amor (y poco goce estético). De ahí en adelante, sin haberlo yo pedido, no hubo más “la tortita para los niños” cuando había un cumpleaños, simplemente La Torta. La estética ha mejorado mucho desde esa primera torta… verde, como podrán ver en las fotos adjuntas.

Lamentablemente no están todas, pero hay varias representantes de este gesto de amor.

 

Se va volviendo cotidiano

El sábado pasado invitamos a un par de amigos a almorzar. El menú era reineta al horno, acompañada de cuscus con arvejitas, tomate y ensalada de berros con brotes de alfalfa y mostaza. Por logística, primero almorzaron los niños (de ahí dormían siesta) y después nosotros (los grandes). Al servir nuestros platos tomé conciencia que íbamos a comer lo mismo que comieron los sauritos, más aún, que nuestras visitas iban a comer los mismo que Pipe y Gabi, y fue tan extraño… pero en el fondo lo que me produjo fue alegría, una gran alegría que incluso me hizo sonreir, sonreirme sola en la cocina y recordar…

Mis recuerdos aparecieron como una cronología inversa, desde lo más reciente hasta un poco más de tres años atrás.

A veces compartíamos la misma comida, lo cual provocaba una alegía enorme en los niños, pues comían lo mismo que los demás, sus caritas me traspasaban una sensación de orgullo como cuando los niños se sienten grandes por algo que lograron hacer y que solo hacían los mayores.

Un poco más atrás, ellos siempre tenían su comida especial, incluso había eliminado de las preparaciones algunos ingredientes que no comía Gabi, pero que si comía Pipe: choclo, zapallo italiano y pollo, así no preparaba…

Al principio preparaba dos ollas de comida, una para cada uno, pues eran tan pocas cosas que comía Gabi, que no me servía esa restricción para Pipe (así como fue alguna vez él el que pasó meses comiendo las mismas 5 cosas).

Y así hemos avanzado. No veo que estemos llegando al final, asunto que me tiene disconforme, pero si me paro en el medio de este largo camino que hemos recorrido y miro hacia atrás, mis recuerdos comienzan a perderse entre las telarañas que va tejiendo el tiempo y reconstruyo mi realidad con el ahora, lo que se va haciendo cotidiano.

Regreso a la cocina, los platos ya están servidos, uno para Paula, otro para Javier, uno para Juanjo, otro para mí y dos más pequeños, para Felipe y Gabriela.

Sobre lo simple y cotidiano

Había sido un día agotador, ya no recuerdo por qué, pero cocinar (me carga cocinar, no se cocinar, me carga cocinar) había quedado último en la lista de tareas.

Finalmente nunca llegué a esa parte de la lista, por lo que solo me quedaba apelar a un artilugio:

HappyEgg

 

Mamá sin comida hecha: Niños, vamos a comprar huevos!

Niños: eh! eh! eh!

Gabi: huehuito! huehuito!

Mamá sin comida hecha compra huevos, problema resuelto.

Mamá que compró huevos: ¿niños, cómo quieren los huevos, revueltos o duros?

Niños: ¡Revueltos!

Mamá que compró huevos sonríe y el corazón se expande dentro de su cuerpo hasta salir en forma de carcajada. Esto, hace 3 mese atrás hubiera sido imposible.

 

 

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